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La Coctelera

Categoría: Historias

El guerrero.


Este cuento comienza en un remoto lugar. Una buena mañana, apenas había levantado el alba, el señor de la aldea reunió a todas sus mesnadas. Aquella fría mañana ni el gallo quiso cantar, no quiso interrumpir aquel solemne momento. El señor apareció flanqueado por sus consejeros y hombres de confianza. La tropa se puso en tensión. Los hombre curtidos en mil batallas contuvieron la respiración. Se podía oler la sangre, sin duda la batalla estaba próxima.
El señor bajó las escaleras y se paseo por entre las filas de hombres; el silencio era denso.
De repente se detuvo delante de uno de sus guerreros de hacha y sonriendo, tronó: - Tengo una misión para ti.
El humilde guerrero tuvo la impresión de alcanzar la cúspide de su carrera militar: su señor lo había elegido para una misión.
El señor volvía a su mansión, hizo un gesto y el guerrero comenzó a caminar tras él.
Las instrucciones fueron sencillas; era un soldado su vida consistía en acatar ordenes y ejecutarlas. Se cuadró frente al consejo y se aprestó a cumplir su misión.
Abandonó el pueblo, pudo ver la cara de envidia de sus compañeros; ellos quedaban al abrigo de las murallas y él partía en pos de la gloria.
Caminó por campos de cultivo, atravesó bosques, vadeó ríos; su viaje duró varios días.
Por fin llegó a su objetivo: Frente a el se alzaban los muros de la ciudad enemiga. La gloria estaba al alcance de la mano. Asió con fuerza su hacha y con un sonoro grito de guerra se lanzó al ataque.
Sus enemigos se apostaron en las murallas, miraban atónitos a aquel guerrero solitario que raudo se dirigía a la muerte.
El señor de aquella ciudad dio unas ordenes.
Nuestro guerrero estaba llegando a las puertas de la ciudad, podía oír los vítores, los aplausos y las alabanzas, esta visión renovó sus fuerzas y ya acometía contra las puertas, cuando....
¡¡¡ Plaffff!!! una enorme roca, lanzada por una catapulta, acabó con la vida, sueños y gloria de nuestro héroe, lo último que pudo escuchar fueron las grotescas risas de sus enemigos resonando desde lo alto de las almenas... Y es que es muy jodido ser un Fake.

P.S. Fake: Ataque falso, con la única intención de poner nervioso al enemigo. Normalmente los Fakes se suelen lanzar en oleadas. (Ya se sabe los fakes nunca vienen solos, seguro que traen algún Aristo camuflado.) ; )

Dedicado a mis "compis" de Tribal Wars, mundo 4.
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300 (Spartan Apples)

Leyendo en el blog Historia Clásica me he encontrado con este desternillante vídeo...
¡¡Qué rato tan bueno he pasado!!

p.s. He tenido que cambiar el enlace al vídeo, ya que el otro no funcionaba. ; )

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El arriero.

Nota preliminar: El término "moro" a de entenderse bajo la definición que da el DRAE, a saber:
Moro/a: Natural del África septentrional frontera a España. Perteneciente o relativo a esta parte de África. Qué profesa la religión islámica. Se dice del musulmán que habitó en España desde el siglo VIII hasta el siglo XV. Perteneciente o relativo a la España musulmana de aquel tiempo.

La taberna estaba atestada por el más variopinto y heterogéneo grupo que se pueda imaginar. Por entre las volutas del denso humo de tabaco, se podía distinguir a algunos ruidosos soldados, que entre chanzas y bromas daban buena cuenta de un suculento asado, al tiempo que bebían vino en grandes jarras de barro. En otra mesa, unos comerciantes, con caras muy serias, hablaban en voz baja; fumaban largos cigarros que inundaban el aire con el denso y aromático humo. Un nutrido grupo de arrieros comían en el otro extremo del comedor, los rostros cansados y cuerpos polvorientos, apenas tenían ganas de conversar. Cenaban con premura para revisar la recua de mulas antes de ir a descansar.
Afuera la densa niebla envolvía el pueblo; el mundo había desaparecido, engullido por el húmedo manto de la niebla otoñal. Ni el cercano bosque, ni la montaña coronada por las ruinas del castillo, eran visibles.
Después de observar todo el cuadro que se representaba ante mi en el bullicioso salón, me centré en dar buena cuenta de mi cena; deseaba acabar y a lomos de mi caballo recorrer los escasos veinte kilómetros que me separaban del caserío de mis abuelos paternos. LLamé al tabernero; cosa que me costó bastante trabajo, pues el bullicio iba en constante aumento. Le pedí que me preparase algún tipo de bebida caliente y algo en que transportarla. No quería alargar mi estancia más en la taberna. El tabernero asintió, en parte asombrado, en parte temeroso. Pero por prudencia no me dijo nada. Diligentemente retornó a la cocina para preparar mi pedido.
De en medio de la brumosa sala apareció un anciano. Con voz ronca saludó y a continuación pidió permiso para sentarse junto a mi en la mesa.
Intrigado, asentí.
- No he podido evitar oír sus intenciones mientras hablaba usted con el tabernero.
Lo miré al rostro. El pelo raleaba en su cabeza, su frente tenía el aspecto de un campo recién labrado. Sus ojos, oscuros y vivos, tenían la mirada limpia.
-¿No es de por aquí?- volvió a inquirirme.
-No- respondí yo tajante.- Me dirijo al caserío de mis abuelos y lo cierto es que hace muchos años que no he estado por estas tierras. Deseo llegar cuanto antes y acabar de una vez con este agotador viaje.
El anciano me miró. - Yo que usted haría la noche en la taberna y al alba, continuaría con el viaje.
-¿ Por qué habría de hacerlo?
- Las noches de niebla no son adecuadas para transitar por estos caminos.
El anciano calló un instante, miró hacia los lados y acercándose a mi, comenzó a hablar casi en susurro.- Le voy a contar algo, un aciago hecho que sucedió en esta comarca hace ya muchos, muchos años. Le contaré la historia y después usted decidirá proseguir su trayecto o no. Aunque espero que después de oír la historia, usted desista y continúe mañana al romper el alba.
Miré al anciano a la vez divertido e intrigado. Saqué la petaca de tabaco y le ofrecí a mi interlocutor. Comenzamos a liarnos unos cigarros, al tiempo que le apremiaba- ¡¡Cuente, cuente!!
- Esto sucedió hace muchos años, cuando esta parte del país estaba dominada por los moros. Entonces toda esta comarca estaba bastante más deshabitada y encontrarse con alguna alma de Dios era un hecho harto extraño. No obstante los pocos habitantes de la comarca no dudaban en ayudarse unos a otros, sin importarles si el vecino rezaba a Dios o a Ala. Al encontrarnos en una marca fronteriza hoy se podía acostar uno rezando a la virgen y a todos los santos y al romper el día, con el canto del gallo se podía encontrar el paisano, buscando por donde quedaba la Meca para rezar en dirección a ella.- el anciano hizo un inciso- ¿ me entiende usted lo que quiero decir?- preguntó el anciano.
Asentí, la historia estaba comenzando a interesarme.
- Una fría noche, la niebla envolvía todo el bosque, no se veía absolutamente nada a dos pies de distancia. Volvía un paisano a su caserío; llevaba un par de mulas cargadas con unas tinajas de vino y otras mercaderías que había canjeado en la feria de la comarca. A la luz de su farol vio a un pelotón de soldados, pertenecientes a la guarnición del castillo.-la mano del anciano señalo al castillo, que invisible se erguía sobre el cerro que dominaba el poblacho- El paisano respiró aliviado, en un primer momento temió que fuesen bandoleros. Tal vez más le hubiese valido encontrarse con los bandoleros; estos, le hubiesen robado las mulas y el oro, pero habría respetado su vida... Los soldados eran unos auténticos bravucones, entre salvajes risotadas apalearon al desgraciado hombre, le quitaron el oro, las ropas y las mulas. Lo abandonaron a su suerte en medio de la espesura, desnudo y malherido.
El pelotón volvió al castillo a disfrutar del botín y el pobre paisano murió despeñado por un barranco.
Pasaron los meses y al caer el invierno, los musulmanes comenzaron a merodear por la comarca para recuperar su control. La guarnición del castillo se guareció en su interior; esperando que los invasores pasasen de largo. Una noche de niebla, sin saber ni el como, ni el porque, los moros tomaron el castillo y pasaron por cuchillo a toda la guarnición. Se rumoreó que en medio de la niebla se vio una figura desnuda de un hombre, este fue arrojando a los centinelas desde lo alto de las murallas y por último abrió los portones del castillo; luego la fantasmal figura se perdió en las espesura de la niebla.
Y sucedió que cada vez que los cristianos recuperaban el castillo, en las noches de niebla una fantasmal figura hacia acto de presencia, abría los portones, mataba a los centinelas y desaparecía... Han pasado los siglos, ya no hay moros, ni cristianos, pero el fantasma del paisano sigue apareciendo en las noches de niebla, deambulando por estos sinuosos caminos.
El anciano acabó la historia y por más que insistió no me hizo desistir de mi empeño.
Apenas alcanzaba a ver nada, la luz del pequeño farol era engullida por la densa niebla. Sentía caer la humedad a plomo sobre mi. Nada se oía, ni un susurro, un silencio tan denso como la niebla.
Me quedé paralizado, frente a mi una espectral figura cruzó por el camino; sus ojos vacíos me miraron un instante. Preso de un miedo irracional espoleé a mi caballo, el cual corrió raudo. Mientras no me atrevía a volver la vista atrás.

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El paisajista.

El paisajista
Cuento anónimo chino.

Un pintor de mucho talento fue enviado por el emperador a
una provincia lejana, desconocida, recién conquistada, con la misión de traer
imágenes pintadas. El deseo del emperador era conocer así aquellas provincias.

El pintor viajó mucho, visitó los recodos de los nuevos
territorios, pero regresó a la capital sin una sola imagen, sin siquiera un
boceto.

El emperador se sorprendió, e incluso se enfadó.

Entonces el pintor pidió que le dejasen un gran lienzo
de pared del palacio. Sobre aquella pared representó todo el país que acababa de
recorrer. Cuando el trabajo estuvo terminado, el emperador fue a visitar el gran
fresco. El pintor, varilla en mano, le explicó todos los rincones del paisaje,
de las montañas, de los ríos, de los bosques.

Cuando la descripción finalizó, el pintor se acercó a
un estrecho sendero que salía del primer plano del fresco y parecía perderse en
el espacio. Los ayudantes tuvieron la sensación de que el cuerpo del pintor se
adentraba a poco en el sendero, que avanzaba poco a poco en el paisaje, que se
hacia más pequeño. Pronto una curva del sendero lo ocultó a sus ojos. Y al
instante desapareció todo el paisaje, dejando el gran muro desnudo.

El emperador y las personas que lo rodeaban volvieron a
sus aposentos en silencio.

FIN

Leído en Ciudad Seva .

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Bendito sea el amor.


La ciudad amaneció sembrada de estos carteles: en cada esquina; en todos los escaparates, junto a la más variopinta nube de anuncios y productos milagrosos. Incluso en numerosas farolas floreció tan extraño mensaje. Cuando la ciudad comenzó a coger su bullicioso ritmo, bajo el esplendido y radiante cielo estival; la afanada multitud se iba deteniendo en corrillos de tres o cuatro personas para leer aquel sencillo cartelillo: manuscrito e innumerablemente fotocopiado. Aquel sencillo mensaje consiguió parar el bullicioso ajetreo de la ciudad.
Ojala que el destinatario o destinataria de dicha misiva leyera aquel cartel; ojala que hubiese llamado... Porque para mi aquello era una declaración de amor en toda regla, un grito desesperado de un ser buscando a otro ser... Un mensaje en una botella, abandonado al proceloso océano de la urbe.
Bendito sea el amor que nos hace ser unos locos.

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El señor Paco.

El señor Paco era un hombre alto y enjuto de carnes, había dejado atrás
los noventa y pico años, y con una envidiable mala salud de hierro se
lanzaba cuesta abajo hacia la celebración de su centenario. Tenía una
voz profunda y suave, los ojos en otro tiempo claros se habían ido
tornando acuosos, hasta que un extraño velo blanco los cubrío. Sucedío
entonces la mayor desgracia que le puede acontecer a un lector
empedernido, con una sed abrasadora de adquirir conocimientos, el señor
Paco se quedó ciego. Entrar en la salita donde solía dormitar sentado
en un viejo y ajado sillón era toda una experiencia: El sillón mirando
a la ventana; los ralos cabellos blancos de él bañados por los rayos
del sol; las paredes cubiertas de estantes repletos de libros, el
penetrante olor a papel viejo. El tiempo parecía haberse detenido allí.

En cuanto el señor Paco presentía la presencia de algún invitado, oteaba el aire como el sabueso buscando la presa.

- Ven, hijo, ven. Anda y lee algo para este pobre viejo.

-¿don Paco qué le leo?

- Lo que quieras hijo. Escoge tú.

El silencio de la sala era roto por el recitar de algún poema, un tratado de filosofía, alguna aventura extraordinaria.

El señor Paco volvía la cara hacia la ventana, la expresión beatifica y
entre dientes, casi murmurando iba recitando la lectura de aquel día.

La tarde pasaba en un suspiro, al despedirnos siempre decía- Coge un
libro hijo, que seguro que tu les das mejor uso que este pobre viejo.

- Don Paco, no diga usted tonterías.

Una mañana de primavera el señor Paco se apagó como una vela que se ha ido extinguiendo poco a poco.

Desconozco donde acabaron los libros, la casa fue vendida por unos
sobrinos de él. Lo que si echo profundamente de menos son aquellas
tardes de lectura, las charlas sobre libros y escritores. La agradable
compañía de don Paco.

(Escrito por mi amigo Johndoe, posteado con permiso de él.)
Dedicado con cariño a Ele Gallerani.

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La niña y la luna.

Había anochecido y el cielo estaba completamente encapotado por unas nubes grises y densas que no dejaban ni un mínimo resquicio para que las estrellas y la luna pudieran lucir.
La niña, de cuatro o quizás cinco años, correteaba alegremente delante de su madre; daba pequeños saltitos mirando al cielo.
-¿Qué buscas María?- Le preguntaba la madre.
-La Luna hoy no ha venido, mama...
- Tendrá frío y por eso se a tapado con su manta de nubes...
La niña se paró en seco, al tiempo que su pequeña carita miraba con aire de cierta incredulidad a su madre.
Se abrió un claro entre las nubes y la luna, en un acto de selénica ternura, brilló un instante para María. Luego desapareció, arropada por su nubosa manta.
La niña daba brincos de alegría y con su pequeño dedito señalaba hacia el cielo.

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El terremoto.

Una brusca sacudida y un leve estruendo me hicieron despertar sobresaltad. -¡ Un terremoto!- pensé, e instintivamente miré a mi mujer; ella dormía ajena por completo a mi estado de nerviosismo. Corrí a la habitación de mi hijo y lo llevé a mi cama. Escuché con atención, el silencio era intenso, roto apenas por las acompasadas respiraciones de mi familia...
Me asomé a la ventana para comprobar si mi sobresalto había sido fruto de un golpe de viento; nada, ni una brisa se movía. Regresé a la cama, pensando que si la tierra volvía a temblar debíamos de colocarnos debajo de la jamba de la puerta; no recordaba donde lo había oído, pero el caso es que me sonaba . Me venció el cansancio y caí dormido, al despertar creí que el temblor había sido un mal sueño provocado por el calor estival; se lo comenté a mi mujer y coincidió conmigo: Lo habrás soñado.
Aquella tarde tomando café un amigo me preguntó-¿ Has sentido el terremoto de esta madrugada?
- Así que no fue un sueño.- Sonreí.

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