Me sumergí en un sueño profundo y apacible; un sueño como el que no disfrutaba desde hacia tiempo.
Por arte de magia volví a aquella playa de aguas oscuras y tranquilas, cuyas pequeñas olas besaban la orilla dejando como único rastro una fina estela de espuma blanca. La luna, temblorosa, se refleja en la cara del agua. Las farolas del paseo proyectan sus luces, y como delgadas saetas de plata intenta huir hacia alta mar.
Silencio en la playa, sólo roto por el tenue rumor del mar rompiendo.
Huellas sobre la arena húmeda, que las olas se encargan de ir borrando para no dejar rastro. La fina arena, el olor a mar, la brisa.
Las estrellas lucen con alegría en el claro cielo veraniego.
Una pareja permanece abrazada, justo donde rompen las olas; ajenos a todo lo que les rodea, separados del mundo por el abrazo que les une. Rompe el mar, la luna brilla, las estrellas se deslizan por sus siderales caminos, sin hacer apenas ruido; sólo el rumor del mar.
Amanece, seguro que amanecerá.
Me costó despertar, en gran medida porque no quería abandonar aquella playa, aquella noche, el mar, tus abrazos.
Amaneció, el sol entró por la ventana, inundando la habitación de colores cotidianos, llenando el aire con ruidos y olores del trajín diario. Mientras, mirando el techo, acaricio mi pecho, disfrutando de ese nuevo rincón para el recuerdo que había nacido en él. Aquel nuevo paraíso en el Atlas de los recuerdos, donde disfrutar de una noche mágica e inolvidable.
Y si hubiese sido una noche de San Juan.