Recuerdo que largas se hacían las tardes en mis tiempos de Instituto. En invierno eran un suplicio, ya que a la hora de salir, ya estaba completamente oscuro y no se tenía ningún margen para hacer cualquier otra cosa que no fuese regresar a casa. Los Viernes a última hora teníamos Lengua y Literatura. Don Manuel, el profesor, era un hombre de cuarenta y pico años, densa barba y voz profunda. Sabía de casi todo y tan pronto estaba explicando El Siglo de Oro, como que se enfrascaba en una interesante charla de Historia, Filosofía, mecánica o de cualquier otro tema que saliese a colación.
Con el tiempo me he dado cuenta, que más que como profesor, nos hablaba como un padre.
Como ya he dicho, las tardes resultaban tediosas; el día escapando raudo por detrás de los lejanos montes, la oscuridad invadiendo lentamente la copa de los árboles del camino que se perdía en la lejanía; el inminente fin de semana.
Una tarde, Don Manuel llegó desprovisto de libros; bajo el brazo llevaba un puñado de libretas. (Tendrá que corregir algunos trabajos, pensé).
Para nuestra sorpresa, comenzó a leernos poemas que había en ellos.
Poemas de cosas sencillas: del llanto de un niño, sobre la risa, versos acerca de la primavera.
Su voz profunda se apoderó del silencio que invadía la clase. Todos estábamos pendientes de los versos; Don Manuel se movía por entre los pupitres, leyendo, desparramando una lluvia de versos sobre nuestras cabezas. Afuera el mundo proseguía inalterable. El sol huía detrás de las altas y lejanas montañas; las sombras se alargaban hasta apoderarse de todo y por un día, nos fastidió realmente que el timbre sonará indicando el final de la clase, rompiendo el mágico momento.
Don Manuel cerró sus libretas y jamás volvimos a verlas.