El tío Antonio era un eminente autodidacta; dentro del "sembrado de flores raras" que componía nuestra familia era, sin duda alguna, el más extravagante y notable. A pesar de sus setenta y bien entrados años, seguía manteniendo una innata curiosidad infantil por aprender y adquirir conocimientos. Cuando algo captaba su atención, el resto del mundo se detenía y parecía esfumarse. No había campo o materia que se le resistiese: Literatura, poesía (en cualquiera de sus facetas), filosofía, mecánica, incluso hizo sus pinitos con el dibujo y la pintura. No le causaba ningún reparo cantar, a gritos desaforados, toda suerte de canciones. Cuando por casualidad alguien le daba la reprimenda por lo mal que lo hacía; él, sin perder la sonrisa, contestaba al tiempo que encogía los hombros: Me falta un poco de práctica.
Lo cierto es que no era falta de práctica, si no una capacidad casi nula para el canto. Sin embargo no perdía la esperanza de cantar algún día como los mismísimos ruiseñores (palabras suyas).
El cuarto más interesante de la casa del tío Antonio era su "Laboratorio", como él lo llamaba, una pequeña habitación abarrotada de estantes repletos de todo tipo de libros, revistas y viejos periódicos. Una destartalada mesa cubierta de libretas, libros, toda una colección de bolígrafos y lapices, ocupaba el centro de la estancia. En un rincón un desvencijado sillón y una mesita con una lámpara. El cuarto olía a papel viejo (el mismo aroma denso y penetrante que invade algunas salas de ciertas bibliotecas) y a tabaco de pipa.
Las excursiones al "Laboratorio" eran toda una experiencia. El tío Antonio era el único adulto que no nos ponía pegas a tocar los libros. Pasábamos horas hojeando viejas ediciones de libros de bolsillo, tan ajadas y desgastadas, que parecían, que se iban a desintegrar de un momento a otro.
El tío Antonio regalaba siempre libros que él ya había leído. Los envolvía cuidadosamente en papel de regalo y con la mejor de las sonrisas te espetaba un: "Tengo algo para ti". Tenía la extraña habilidad de regalar siempre el libro adecuado en el momento preciso.
Guardo aquellos libros como oro en paño. En ellos va impresa las huellas de mi tío, su alma por decirlo de alguna manera: Las anotaciones al margen, los subrayados, algunas notas garabateadas en pequeños trozos de papel... Se puede seguir el rastro de la vida del libro y de mi tío en aquel laberinto de pistas.
Un día, un primo bastante menor que yo, hizo un comentario totalmente fuera de lugar acerca de la costumbre del tío Antonio de regalar sus viejos libros...
Sonreí, tal vez era demasiado joven para entender que el tío, en aquel sencillo gesto estaba regalando parte de lo mejor de si mismo: transfería parte parte de su alma al receptor del libro, lo hacía partífice y guardián de algo tan sencillo y hermoso que lo había ido tallando como persona: el molde para ir humanizándose. Volví a sonreír y deseé que aquel primo, aunque fuese dentro de muchos años, le encontrase sentido a los actos del tío Antonio. Él, por su parte, ajeno a estas nimiedades, prosiguió regalando sus viejos libros, repartiendo su alma.
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