Han pasado ya muchos años, más de treinta ( y en mi caso esto significa toda una vida) y aún así sigo conservando la misma alegría infantil al abrir un cuaderno nuevo: un territorio virgen para poblar de historias y sentimientos. Recuerdo el ceremonial de guardar los cuadernos ya rellenos en una de las puertas del destartalado mueble del comedor, allí se apilaban cronológicamente todas mis libretas escolares. No consigo recordar el momento exacto en que dejé de atesorarlas y en algún momento dado desaparecieron, víctimas de alguna mudanza o cualquier otro tipo de catástrofe casera. 
Recuerdo una libreta que mi padre guardaba; un bloc normal, corriente y moliente, de tapas de cartón duro (las tapas eran azules), llevaba garabateado su nombre. En su interior había toda suerte de receta de pastelería ( mi padre es pastelero y de los buenos), anotaciones, dibujillos, pensamientos; era un autentico cofre de los tesoros. Todavía me veo sentado en el suelo, junto a la mesilla de noche, leyendo en voz alta las recetas, entornando los ojos para prestar más atención cuando encontraba alguna palabra desconocida.
Cuando en alguna ocasión era descubierto "in fraganti", me costaba un suave coscorrón y una reprimenda sin mucha convicción- Anda y guarda eso que al final te la cargas.
Yo, sin rechistar, obedecía, hasta que el gusanillo del cuaderno volvía a hacer mella en mí y a hurtadillas volvía a enfrascarme en la lectura del cuaderno azul.