Enero me depara tardes, en las que me sorprendo mirando al mar; siento la frescura del aire invernal en mi cara, impregnada esta, del penetrante olor a piélago. Cuento las olas que mojan la desierta playa. A mi espalda la ciudad continua con su frenético trajín. Las olas y los segundos se parecen en que no hay uno igual, son todos distintos. Me vuelve a invadir la nostalgia: Enero, el mar, tu ausencia.

Sonrío; atardece. Las olas siguen su rítmico vaivén. En medio del atardecer susurro tu nombre y otra cálida sonrisa vuelve a aflorar en mi rostro.