Nota preliminar: El término "moro" a de entenderse bajo la definición que da el DRAE, a saber:
Moro/a: Natural del África septentrional frontera a España. Perteneciente o relativo a esta parte de África. Qué profesa la religión islámica. Se dice del musulmán que habitó en España desde el siglo VIII hasta el siglo XV. Perteneciente o relativo a la España musulmana de aquel tiempo.

La taberna estaba atestada por el más variopinto y heterogéneo grupo que se pueda imaginar. Por entre las volutas del denso humo de tabaco, se podía distinguir a algunos ruidosos soldados, que entre chanzas y bromas daban buena cuenta de un suculento asado, al tiempo que bebían vino en grandes jarras de barro. En otra mesa, unos comerciantes, con caras muy serias, hablaban en voz baja; fumaban largos cigarros que inundaban el aire con el denso y aromático humo. Un nutrido grupo de arrieros comían en el otro extremo del comedor, los rostros cansados y cuerpos polvorientos, apenas tenían ganas de conversar. Cenaban con premura para revisar la recua de mulas antes de ir a descansar.
Afuera la densa niebla envolvía el pueblo; el mundo había desaparecido, engullido por el húmedo manto de la niebla otoñal. Ni el cercano bosque, ni la montaña coronada por las ruinas del castillo, eran visibles.
Después de observar todo el cuadro que se representaba ante mi en el bullicioso salón, me centré en dar buena cuenta de mi cena; deseaba acabar y a lomos de mi caballo recorrer los escasos veinte kilómetros que me separaban del caserío de mis abuelos paternos. LLamé al tabernero; cosa que me costó bastante trabajo, pues el bullicio iba en constante aumento. Le pedí que me preparase algún tipo de bebida caliente y algo en que transportarla. No quería alargar mi estancia más en la taberna. El tabernero asintió, en parte asombrado, en parte temeroso. Pero por prudencia no me dijo nada. Diligentemente retornó a la cocina para preparar mi pedido.
De en medio de la brumosa sala apareció un anciano. Con voz ronca saludó y a continuación pidió permiso para sentarse junto a mi en la mesa.
Intrigado, asentí.
- No he podido evitar oír sus intenciones mientras hablaba usted con el tabernero.
Lo miré al rostro. El pelo raleaba en su cabeza, su frente tenía el aspecto de un campo recién labrado. Sus ojos, oscuros y vivos, tenían la mirada limpia.
-¿No es de por aquí?- volvió a inquirirme.
-No- respondí yo tajante.- Me dirijo al caserío de mis abuelos y lo cierto es que hace muchos años que no he estado por estas tierras. Deseo llegar cuanto antes y acabar de una vez con este agotador viaje.
El anciano me miró. - Yo que usted haría la noche en la taberna y al alba, continuaría con el viaje.
-¿ Por qué habría de hacerlo?
- Las noches de niebla no son adecuadas para transitar por estos caminos.
El anciano calló un instante, miró hacia los lados y acercándose a mi, comenzó a hablar casi en susurro.- Le voy a contar algo, un aciago hecho que sucedió en esta comarca hace ya muchos, muchos años. Le contaré la historia y después usted decidirá proseguir su trayecto o no. Aunque espero que después de oír la historia, usted desista y continúe mañana al romper el alba.
Miré al anciano a la vez divertido e intrigado. Saqué la petaca de tabaco y le ofrecí a mi interlocutor. Comenzamos a liarnos unos cigarros, al tiempo que le apremiaba- ¡¡Cuente, cuente!!
- Esto sucedió hace muchos años, cuando esta parte del país estaba dominada por los moros. Entonces toda esta comarca estaba bastante más deshabitada y encontrarse con alguna alma de Dios era un hecho harto extraño. No obstante los pocos habitantes de la comarca no dudaban en ayudarse unos a otros, sin importarles si el vecino rezaba a Dios o a Ala. Al encontrarnos en una marca fronteriza hoy se podía acostar uno rezando a la virgen y a todos los santos y al romper el día, con el canto del gallo se podía encontrar el paisano, buscando por donde quedaba la Meca para rezar en dirección a ella.- el anciano hizo un inciso- ¿ me entiende usted lo que quiero decir?- preguntó el anciano.
Asentí, la historia estaba comenzando a interesarme.
- Una fría noche, la niebla envolvía todo el bosque, no se veía absolutamente nada a dos pies de distancia. Volvía un paisano a su caserío; llevaba un par de mulas cargadas con unas tinajas de vino y otras mercaderías que había canjeado en la feria de la comarca. A la luz de su farol vio a un pelotón de soldados, pertenecientes a la guarnición del castillo.-la mano del anciano señalo al castillo, que invisible se erguía sobre el cerro que dominaba el poblacho- El paisano respiró aliviado, en un primer momento temió que fuesen bandoleros. Tal vez más le hubiese valido encontrarse con los bandoleros; estos, le hubiesen robado las mulas y el oro, pero habría respetado su vida... Los soldados eran unos auténticos bravucones, entre salvajes risotadas apalearon al desgraciado hombre, le quitaron el oro, las ropas y las mulas. Lo abandonaron a su suerte en medio de la espesura, desnudo y malherido.
El pelotón volvió al castillo a disfrutar del botín y el pobre paisano murió despeñado por un barranco.
Pasaron los meses y al caer el invierno, los musulmanes comenzaron a merodear por la comarca para recuperar su control. La guarnición del castillo se guareció en su interior; esperando que los invasores pasasen de largo. Una noche de niebla, sin saber ni el como, ni el porque, los moros tomaron el castillo y pasaron por cuchillo a toda la guarnición. Se rumoreó que en medio de la niebla se vio una figura desnuda de un hombre, este fue arrojando a los centinelas desde lo alto de las murallas y por último abrió los portones del castillo; luego la fantasmal figura se perdió en las espesura de la niebla.
Y sucedió que cada vez que los cristianos recuperaban el castillo, en las noches de niebla una fantasmal figura hacia acto de presencia, abría los portones, mataba a los centinelas y desaparecía... Han pasado los siglos, ya no hay moros, ni cristianos, pero el fantasma del paisano sigue apareciendo en las noches de niebla, deambulando por estos sinuosos caminos.
El anciano acabó la historia y por más que insistió no me hizo desistir de mi empeño.
Apenas alcanzaba a ver nada, la luz del pequeño farol era engullida por la densa niebla. Sentía caer la humedad a plomo sobre mi. Nada se oía, ni un susurro, un silencio tan denso como la niebla.
Me quedé paralizado, frente a mi una espectral figura cruzó por el camino; sus ojos vacíos me miraron un instante. Preso de un miedo irracional espoleé a mi caballo, el cual corrió raudo. Mientras no me atrevía a volver la vista atrás.