La ciudad amaneció sembrada de estos carteles: en cada esquina; en todos los escaparates, junto a la más variopinta nube de anuncios y productos milagrosos. Incluso en numerosas farolas floreció tan extraño mensaje. Cuando la ciudad comenzó a coger su bullicioso ritmo, bajo el esplendido y radiante cielo estival; la afanada multitud se iba deteniendo en corrillos de tres o cuatro personas para leer aquel sencillo cartelillo: manuscrito e innumerablemente fotocopiado. Aquel sencillo mensaje consiguió parar el bullicioso ajetreo de la ciudad.
Ojala que el destinatario o destinataria de dicha misiva leyera aquel cartel; ojala que hubiese llamado... Porque para mi aquello era una declaración de amor en toda regla, un grito desesperado de un ser buscando a otro ser... Un mensaje en una botella, abandonado al proceloso océano de la urbe.
Bendito sea el amor que nos hace ser unos locos.