Había anochecido y el cielo estaba completamente encapotado por unas nubes grises y densas que no dejaban ni un mínimo resquicio para que las estrellas y la luna pudieran lucir.
La niña, de cuatro o quizás cinco años, correteaba alegremente delante de su madre; daba pequeños saltitos mirando al cielo.
-¿Qué buscas María?- Le preguntaba la madre.
-La Luna hoy no ha venido, mama...
- Tendrá frío y por eso se a tapado con su manta de nubes...
La niña se paró en seco, al tiempo que su pequeña carita miraba con aire de cierta incredulidad a su madre.
Se abrió un claro entre las nubes y la luna, en un acto de selénica ternura, brilló un instante para María. Luego desapareció, arropada por su nubosa manta.
La niña daba brincos de alegría y con su pequeño dedito señalaba hacia el cielo.