La noche mágica de San Juan transcurría entre el alegre jolgorio de la familia reunida en torno a la mesa. Las risas ascendían hacia el negro firmamento y se confundían con la miríada de estrellas que lucían radiantes en el cielo estival.
Abajo, lejos del alboroto, la pequeña dormitaba intranquila; de cuando en cuando se despertaba sobresaltada. Ante la queja de la niña, la madre asomaba al cuarto. Con suavidad la arrullaba y la pequeña volvía a sumirse en el letargo.
Una sutil lluvia de polvo de plata cayó lentamente del cielo, como si las lágrimas de una estrella se tratasen.
Un pequeño duendecillo se materializó encima de la cómoda; al tiempo la niña volvió a quejarse...
El duende comenzó a cantar con suavidad una bella canción en una lengua extraña y olvidada... La niña volvió a dormir tranquila.
El duende continuó acunando a la niña durante toda la noche con su mágica melodía y al azulear la mañana saltó desde la ventana al firmamento y enganchado en la estela de una estrella que volvía a sus aposentos diurnos desapareció.
La niña despertó como todas las mañanas, acuciada por el hambre. Cuando la madre acudió con el biberón, una sonrisa floreció en el pequeño rostro de la niña y en el podía apreciarse una puntita blanca, brillando como una perla:
A Laura le había crecido su primer diente, su diente mágico.