Llegué a casa portando aquella caja que tanto me intrigaba, por el camino me estuve tentado de abrirla en varias ocasiones; a malas penas pude contenerme.
Me dejé caer pesadamente en el sillón, frente a mí, la caja.
La miré largamente, sin decidirme a abrirla.
Pasó el tiempo; el monótono tic tac del reloj, retumbaba en todo el salón.
Me levanté y me arrastré la caja hasta mí. Al abrirla una mezcla a tabaco e incienso inundó la sala. Una a una comencé a sacar los variopintos objetos que contenía aquel baúl del tesoro:
Una hucha de barro en forma de ballena , aun recuerdo cuando Esopo la compró en un mercadillo. Estaba vacía, nunca la usó como hucha.
Un marino tallado en un taco de madera que le regalaron durante un viaje, las figuras las hacia un viejo lobo de mar que después las llevaba a vender en una tienda de regalos.
Un par de quemadores de incienso, ennegrecidos por el uso y el tiempo.
La vieja pipa de Esopo y un par de petacas de tabaco. ¡Qué bien huele el Sunday`s Fantasy!
La brújula de Esopo, compañera en tantas excursiones y salidas al monte.
También había varias cajetillas de incienso en conos y varitas.
Una ajado ejemplar de “El señor de los anillos” de J.R.R. Tolkien, “Rubaiyyat” de Omar Khayyam, “Siddhartha” de Hermann Hesse, “El alquimista” de Paulo Coello y una antología poética de Jaime Gil de Biedma.
Uno a uno fui depositando los objetos en la mesa.
Para sorpresa mía encontré la navaja suiza de Esopo y varios cedes de Joaquín Sabina: Física y Química, 19 días y quinientas noches.
Pero la mayor sorpresa fue encontrar dentro de una pequeña caja de cartón negro los cuadernos de Esopo.
Leí aquellas libretas escritas en letra menuda, llenas de borrones y cosa conocidas, hasta que la luz de la mañana inundó el salón.
Frente a mí, tenía los restos de un naufragio, recogidos por otro naufrago, al que el mar también algún día devorará.