I
Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura, llegó a
esta abadía un romero y pidió un poco de lumbre para secar sus
ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre y un albergue
cualquiera donde esparar la mañana y proseguir con la
luz del sol su camino.
Su modesta colación , su pobre lecho y su encendido hogar
puso el hermano a quien se hizo esta demanda a posición del
caminante, al cual, despues que se hubo repuesto de su cansancio,
interrogó acerca del objetivo de su romería y del punto a que
se encaminaba.
–Yo soy músico –respondió el interpelado–; he nacido muy
lejos de aquí, y, en mi patria gocé un día de gran renombre. En
mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seducción y
encendí pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez
quiero convertir al bien las facultades que he empleado para el
mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.
Las enigmáticas palabras del desconocido no parecieron claras
al hermano lego, quien continuó en sus preguntas, el romero
prosiguió de este modo:
–Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido;
mas al intentar pedirle a Dios misericordia, no encontraba
palabras para expresar mi arrepentimiento, cuando un día
se fijaron mis ojos por casualidad en un libro santo. Lo abrí y en
una de sus páginas encontré un gigante grito de contrición verdadera,
un salmo de David, el que comienza Miserere mei, Deus.
Desde el instante en que leí sus estrofas, mi único pensamiento
fue hallar una forma músical tan magnífica, tan sublime, que
bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta.
Aún no la he encontrado, pero si logro expresar lo que siento en
mi corazón, estoy seguro de hacer un Miserere tal, tan maravilloso,
que no hayan oído otro semejante los nacidos; tan desgarrador,
que al escuchar el primer acorde los arcángeles, dirán
conmigo, cubierto los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor:
¡Misericordia! y el Señor la tendrá de su pobre criatura.
El romero, al llegar a este punto de su narración, calló, por
un instante; y después, exhalando un suspiro, tomó a coger el
hilo de su discurso. El hermano lego, aunque dependientes de la
abadía y dos o tres pastores de la granja de los frailes, que formaban
un círculo alrededor del hogar, lo escuchaban en un profundo
silencio.
–Después –continuó– de recorrer toda Alemania, Italia, y la
mayor parte de este país, aún no he oído un Miserere en que
pueda inspirarme, ni uno, ni uno, y he oído tantos, que puedo
decir que los he oído todos.
–¿Todos? –dijo entonces interrumpiéndole uno de los
rabadanes– ¡A que no habéis oído aún el Miserere de la Montaña!
–¿El Miserere de la Montaña? –exclamó el músico con aire
de extrañeza– ¿qué Miserere es ése?
–¿No dije? –murmuró el campesino; y luego prosiguió con
una entonación misteriosa–. Ese Miserere que sólo oyen por casualidad
los que como yo andan día y noche tras el ganado por
entre breñas y peñascos, y es toda una historia, una historia muy
antigua pero tan verdadera como al parecer increíble.
Es el caso que en lo más fragoso de esas cordilleras de montañas
que limitan el valle, hubo ya hace muchos años, muchos
siglos, un monasterio famoso, que, a lo que parece, edificó a sus
expensas un señor con los bienes que había de legar a su hijo, al
cuál desheredó al morir, en pena de sus maldades.
Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso de este hijo, que,
por lo que se verá más adelante, debió de ser de la piel del diablo,
si no era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus
bienes estaban en poder de los religiosos, y de que su castillo se
había transformado en iglesia, reunió a unos cuantos bandoleros,
camaradas suyos, y una noche de Jueves Santo, en que los
monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que habían
comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio, saquearon
la Iglesia, y a éste quiero, a aquél no, se dice que no dejaron
fraile con vida.
Después de esta atrocidad se marcharon los bandidos, y su instigador
con ellos; a dónde, no se sabe; a las profundidades tal vez.
Las llamas redujeron el monasterio a escombros, de la iglesia
aún quedan en pie las ruinas. Sobre el peñón donde nace la
cascada, que, después de estrellarse de peña en peña, forma el
riachuelo que viene a los muros de esta abadía.
–Pero –interrumpió impaciente el músico– ¿y el Miserere?
–Aguardaos –continuó con gran sorna el rabadán–, que todo
irá por parte. Dicho lo cuál, siguió así su historia:
–Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen:
de padres a hijos y de hijos a nietos se refirió con horror en las
largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su memoria
es que todos los años, tal noche como la en que se consumó,
se ven brillar luces a través de las rotas ventanas de la iglesia;
se oye como una especie de música extraña y unos cantos
lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas
del aire. Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse
preparados para presentarse en el tribunal de Dios limpios de
toda culpa, vienen aún del purgatorio a impretar su misericordia
cantando el Miserere.
Los circunstantes se miraron unos a otros con muestra de
incredulidad; sólo el romero, que parecía vivamente preocupado
con la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la
había referido:
–¿Y decís que ese portento se repite aún?
–Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna, porque
precisamente esta noche es la de Jueves Santo, y acaban de dar
las ocho en el reloj de la abadía.
–¿A qué distancia se encuentra el monasterio?
–A una legua y media...; pero¿ qué hacéis? ¿A dónde vais?
–¡Estáis dejado de la mano de Dios! –exclamaron todos al
ver que el romero, levantándose de su escaño y tomando el bordón,
se dirigía hacia al puerta.
–¿Adónde voy? A oír esa maravillosa música, a oír el grande,
el verdadero Miserere de los que vuelven después de los muertos,
y saben lo que es morir en el pecado.
Y esto diciendo, desapareció de la vista del espantado lego,
y de los no menos atónitos pastores.
El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una
mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios. La lluvia
caía en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando
en cuando la luz de un relámpago iluminaba por un instante
todo el horizonte que desde ellas se descubría.
Pasado el primer momento de estupor, exclamó el lego:
–¡Está loco!
–¡Está loco! –repitieron los pastores; y atizaron de nuevo la
lumbre y se agruparon alrededor del hogar.
Después de una o dos horas de camino, el misterioso personaje
que calificaran de loco en la abadía, remontando la corriente
del riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al
punto en que se levantaban negras e imponentes las ruinas del
monasterio.
« Una leyenda de Gustavo Adolfo Becquer. Intro. | Inicio | Una leyenda de Gustavo Adolfo Becquer. II »





Escribe un comentario