Arrecia el viento.
Cimbrea con fuerza las palmeras; que como si de desaforados y quijotescos gigantes se tratasen, arañan la piel del grisáceo día.
Amanece.
Despeina el aire a los rosales; con insolencia, recorre las desiertas calles.
Despunta el alba sobre un ceniciento lienzo.
Brama el mar; abandona, por un instante, su cotidiano aspecto y se torna salvaje.
Brama, se encabrita, rizado de blancas olas y engulle la adormecida playa.

Arrecia el viento,
despunta el día,
muere la noche.
Brama el mar.
Arrecia el viento
pajarea por las calles
y en los oscuros rincones;
arranca de las dormidas calles
etéreas notas
de una eólica sinfonía
sólo por el comprendida.
Arrecia el viento.
Brama el mar.