La tarde había caído apaciblemente. Al fondo las olas se encrespaban empujadas por un refrescante viento de levante. Sin embargo la bahía, protegida por el monte del castillo, estaba hecha un remanso (o como se suele decir aquí “estaba hecha una balsa”).
La playa estaba prácticamente desierta, apenas un par de pescadores probando fortuna y algún que otro bañista, que aun se atrevía a meterse en el agua.
El aire olía a humedad, a lo lejos en los grises montes, llevaba un par de días lloviendo.
Sentado en el muro del paseo disfrutaba de esta estampa, pensando para mis adentros que por fin había llegado la tranquilidad.
Una bandada de aves surco el cielo en dirección al sur.
Por fin cayó la noche.