
Plasmada el veintiuno de Octubre de 2007.
Categoría: Estampas.
Las fotos y el montaje los hizo mi hermano Mom, las migas fueron obra de mi cuñada, mi señora y el menda que escribe esto.

Hace unas semanas estuvimos de excursión en el castillo de Tebar y este Domingo subimos a Chuecos y por ende a su castillo.
Las dos fortalezas protegen las entradas al valle; existe un nacimiento de agua. Desde antiguo ha sido una zona fértil y habitada; además estas fortalezas protegían el acceso hacia Lorca.
Los vocablos "Tebar" ("tibr" arena auríferas) y "Chuecos" ("suq" zoco, mercado) son de origen Árabe.
Hacia mas de veintipico años que no caminaba por aquellos parajes. En mis recuerdos, la caminata era mayor o tal vez mis pasos eran más cortos. Pero lo que no había cambiado era el fragante aroma a tomillo y romero, las perdices espantadas a nuestro paso y el agradable murmullo del agua brotando de la roca.
De repente, sobre el sinuoso verde del mar de copas, se alza sobre una cresta desdentada, las majestuosas ruinas del castillo, como si de un viejo rey coronado se tratase.
Miré la imagen extasiado y el tiempo se detuvo por un breve instante.
Con suma suavidad, casi con pereza, atardece. El mar se torna oscuro al mismo tiempo que el cielo pierde su color azul. Lejos, en el horizonte, se sumerge el sol tras los oscuros montes.
Silencio, apenas respira el mar.
Una gaviota cruza rauda y como por arte de magia un millar de refulgentes estrellas tachonan la negrura del firmamento.
El mar, haciendo de espejo, las refleja en un dulce silencio.

Sobre un lienzo de azules:
Mar y cielo,
se recorta sereno un monte,
como surgido del piélago
hiende el cielo.
Sobre su desnuda cresta coronado
por un torreón olvidado.
Primera visión,
alegría de retornar al hogar.
Ver sobre los azules recortado
el monte, su castillo
y a sus pies presentidos:
Puerto, pueblo y hogar.
Me gusta pasear, sin prisa y sin rumbo fijo... No hay nada como una tarde-noche de verano paseando, con la familia, por el puerto; disfrutando del olor de mar y salitre, notar el sol ocultándose en la lejanía de las sierras y la brisa marinera acunando a los barcos.
Caminar por entre el bullicio de los puestecillos que venden mil mercaderías extrañas y rematar la velada sentados en la terraza de una heladería disfrutando, como no, de una buena "brisa", una conversación animada y el rumor del mar rompiendo a nuestras espaldas.
P.S. Brisa: Granizado de limón con un "chorro" de ginebra .
Sentí la nostalgia clavarse en mi pecho y hurgar en mis entrañas.
La explanada del muelle se extendía fría y un molesto viento arremolinaba el polvo que yacía por doquier. El viejo Cocherón había caído en aras del "progreso", todavía podía apreciarse el hueco donde, majestuoso, se erguía aguantando los embates del tiempo...
Ya no está, ahora me pregunto que colocaran allí supliendo el viejo cocherón; seguramente un paseo estándar, de esos que parecen copiados y que uno al caminar por ellos no sabe en que ciudad se encuentra, a no ser que se aperciba del horizonte y el color del mar (Si es azul cotidiano, uno se encuentra en casa, si por el contrario el azul adquiere cualquier otra tonalidad, con toda seguridad uno se halla en cualquier otro punto del Mediterráneo.)
Nota: El Cocherón era un edificio de planta rectangular, que se levantaba en el puerto, creo que era de finales del siglo XIX y que sirvió como almacén para diversas mercaderías antes de embarcarlas (Barrilla, esparto y diversos minerales); uno de sus últimos usos fue el de taller mecánico para embarcaciones.)
Observé con atención la raída foto:
Cincuenta o sesenta niños rodeaban a su maestro; unos sentados en el polvoriento suelo; otros, detrás, en cuclillas; unos cuantos en pie y los últimos subidos en un invisible murete.
Miradas hoscas, rostros graves a los que habían robado la sonrisa; la inocencia pueril perdida a golpes de fusil y a silbidos de bombas arrojadas sin ningún atisbo de piedad.
Todas las miradas, inquisidoras, vueltas hacia el fotógrafo...
Todos y cada uno de ellos llevaban en sus rostros, en sus pequeños ojos, la huella imborrable del sufrimiento.
( De una vieja foto en la que podía leerse en su reverso : Escuela de orientación marítima.)




